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Mi polla quería salir de su escondite. Quería experimentar lo que mi boca estaba
viviendo. Yo no me atrevía a tocarle, no sabía cómo hacerlo, por donde a
empezar, pero él me guió con sus manos a su paquete, y esa fue la primera vez
que mis dedos inocentes recorrieron la polla de otro hombre. La tenía gruesa,
resaltaban las venas. Estaba tan caliente, y tan suave, que hice un acto de
valentía y me agaché. Quería saber qué se siente al hacer una mamada. Pero al
ver lo que antes solo había visto en Internet, me quedé quieto. No podía
hacerlo. No estaba preparado para ello.
Pero él con fuerza, me cogió de la cabeza y me empujó hacia si, gritándome
cómemela, cabrón. Y me vi con aquel tranco inmenso de carne en mi boca, lo que
me excitó tanto, que hizo que me olvidara de tantos miedos y pudores acumulados
durante tantos años. Y con todas mis ganas y como si me hubiera liberado de una
puñetera vez de un peso asfixiante, comencé a disfrutar como nunca lo había
hecho en mi vida, y por los gritos de Dani, él también había empezado a
disfrutar. Su polla echaba un líquido algo dulce, pero también ácido, con un
olor tan fuerte que me puse a mamar aquel pollón con desesperación.
No podía para de chupar, de lamer, de pasar mi lengua por sus huevos, por su
ingle, por su periné, por su abdomen musculado. Como sigas así me voy a correr
de un momento a otro, mamón, me gritó entre suspiros. Y como hizo antes, me
cogió de la cabeza y me apartó poniéndome de pie. Me quitó la camisa y el resto
de ropa. Hacía mucho frío en mitad de la noche y creo que por lo notó al verme
temblar (en realidad temblaba más por los nervios). Me llevó de la mano y me
tumbó en el capó delantero de su Seat León, que estaba caliente del motor recién
apagado.
Aquel contraste de temperaturas me encendió como una llama viva. No me podía
creer que estuviera allí viendo las estrellas, desnudo encima de un coche y con
un tío tremendo que me estaba llevando al éxtasis. Y me quedé sin voz cuando
sentí su boca rodeando la cabeza de mi pene. Una boca húmeda y caliente, ansiosa
de semen. Me olvidé de que alguien pudiera escucharme (aunque lo dudo), y
comencé a gritar como un loco, de tanto gusto. Su lengua recorría cada
centímetro de mi verga, chupándome los huevos, e introduciendo su lengua por mi
ano virgen.