Cogió mi polla, enderezándola y él mismo guió el camino hasta su culo. Iba a
follarle yo. Era la primera vez que le daba por culo a un hombre, ummm. Él media
cuánto se la introducía, y a qué velocidad, mientras yo me quedaba allí tumbado
extasiado. Era tremendo sentir como mi polla iba introduciéndose en él. Tanto
que era yo el que quería marcar el ritmo, así que lo aparté (casi lo tiró del
coche sin querer), y lo cogí de la cintura. Me soltó un; veo que vas aprendiendo
rápido; e ignorándole, lo puse a cuatro patas para follarlo con todas mis
fuerzas. De pie podría darle todas las enculadas que quisiera y estaba seguro
que él estaba más que preparado.
Y allí empecé un mete y saca con todas mis ganas, follándolo como a una perra,
para que supiera qué era realmente partirle el culo. Tenía tanto reprimido que
no pude controlarme. Él estaba tan sorprendido de mi actuación, que lo calenté
al máximo e hizo pararme. Iba a correrse. Me cogió del pescuezo y me colocó de
frente a su tranco, que estaba inmenso. Casi no le dio tiempo, porque enseguida
comenzó a expulsar una leche hirviendo y espesa, a latigazos, y de lo excitado
que estaba yo, no me importó metérmela en la boca y tragarme ese preciado jugo
viscoso y seguir mamándole hasta exprimirle la última gota y casi desfallecer.
Una vez terminado cogió mi miembro a punto de estallar y se lo metió en la boca,
entero, hasta llegarle a la garganta. Los huevos le rozaban la barbilla. Y tras
varios movimientos de entrada y salida, no pude resistir más y estallé ríos de
semen, llenándole la cara y el pecho, la boca y la lengua. Un orgasmo
interminable, como ninguno otro anterior en mi vida, hasta que sentí dolor en
mis huevos y temblarme las piernas de placer. Él se encargó de recoger con la
lengua o los dedos mi leche y no dejar ni rastro, tragándoselo todo.
Y en ese momento no sentía ni el frío que hacía, ni las luces de la ciudad, ni
la luz de la luna, ni el sonido del viento, ni las ramas de los árboles
crujiendo. Sólo sentía una tranquilidad inmensurable, abrazado al hombre que me
había hecho descubrir por unos momentos la felicidad que tanto había buscado.