Cándido insistió, pero no logró nada, ni siquiera el alquiler de una cama
pequeña para colocarla en algún pequeño desván, bodega o sótano para pasar la
noche. Ya se resignaba a retirarse meditando la alternativa de dormir en su auto
o regresarse a la ciudad cercana y privarse de asistir a la Feria de San
Amadito, cuando un hombre joven, apuesto, de maneras amables y agradable
apariencia se acercó a la oficina administrativa y ofreció: -Si el caballero no
tiene inconveniente, yo tengo una habitación reservada y puedo compartirla. Mi
nombre es Paco; Paco Geros Rico y me agradaría poder servirle a nuestro
distinguido visitante.
Cándido volteó a ver al amable y generoso huésped que hacía el ofrecimiento y se
presentó a su vez; le agradó su aspecto. Juzgó que era de aproximadamente su
edad o, tal vez, un poco menor (entre veintitrés y veinticinco años) alto,
esbelto, correcta y pulcramente vestido y, de inmediato, se generó una grata
simpatía entre los dos. A ello contribuyó el detalle de que su intervención
resolvía el problema del hospedaje y, por supuesto, aceptó.
-Como puede comprobar, la fama de la hospitalidad de los lugareños está más que
justificada -dijo el recepcionista y aclaró- el problema es que la habitación
tiene una sola cama y no disponemos de camas adicionales pues todas están
ocupadas ya, sin embargo es matrimonial y creo que podrán pasar la noche con
cierta comodidad.
Cándido tuvo un momento de duda, pero finalmente aceptó y se les condujo a la
habitación. Ya instalados ambos, la conversación giró acerca de la Feria.
Cándido repitió, una vez más, que su amigo le había recomendado asistir,
haciendo gran hincapié en el amable trato de los habitantes del lugar. Paco, a
su vez, comentó que él tenía ya algún tiempo asistiendo, que al principio lo
hacía con su esposa, pero que debido a problemas ocasionados por las familias de
ambos, habían determinado separarse y, por primera vez asistía solo.
Al proceder a desvestirse, Cándido se disculpó, por no llevar pijama, ya que no
acostumbraba usarla; Paco aclaró que él tenía la misma costumbre lo que
incrementó la afinidad entre ambos... Se desvistieron quedando ambos en una
ligera trusa y sin dejar de observarse uno al otro.