Cachas

La tenía muy grande y muy gorda, pero me esforcé en introducírmela entera. No seas bestia, poco a poco, que te van a entrar arcadas, dijo entre gemidos. Le hice caso pensando en su experiencia. Y poco a poco fui chupando y exprimiendo aquel tronco duro y sonrosado. Empecé por la base, aunque su mata de pelos gruesos y negros me dio un poco de asco, y lamí desde la base hasta la punta varias veces con la lengua. Después me recreé con su pellejo, subiéndolo y bajándolo sobre la cabeza que estaba gorda y repleta. Pegó tal gemido que creí que iba a despertar a todos los vecinos de la ciudad. Me apartó de un empujón (yo creo que fue para no correrse) y me puso de pie.

Me cogió de la mano y me llevó al balcón. Allí nos podrían haber visto, pero estaba tan caliente, que ya me daba igual. Incluso, ver el mar, el reflejo de la luna, la noche... hacían aquello más íntimo, más morboso, más caliente. Pasó de los preliminares y fue directamente a mi nabo, que me dolía de lo apretujado que estaba dentro de mi pantalón. Estaba tan acelerado que ni pudores, ni temores ni nada de nada. Deseaba penetrarle la boca, clavársela hasta el estómago, atravesarle. Me estremecí, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando su lengua toco mi polla. Me excitaba ver como un tío se metía mi tronco en la boca, y lo dominaba. Desde luego, lo hacía mejor que mi novia.

No sé qué hacía con la lengua cuando se la introducía en la boca, pero me encantaba. Y su cara de deseo mirando mi cuerpo me excitaba aún más. Con sus manos me rozaba mis muslos, mi ingle, mi abdomen, mi ombligo, con una suavidad que me quemaba. Después me volvió a llevar dentro del piso, al baño, y yo no sabía para qué. Primero vació él sus intestinos, tras introducir agua con el tubo de la ducha.

Me resultó bastante desagradable, pero yo ya estaba dispuesto a lo que fuera, parecía un animal salvaje y hasta él se sorprendía, con lo reticente que había sido antes. Cogió aceite corporal y nos echamos de nuevo en la tumbona del balcón. Me echó un chorreón de aceite por la espalda y por el culo. Estaba frío y me volvió a estremecer. Con sus manos me dio un masaje por la espalda, el cuello, el culo, los hombros... aquello también era placer.
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