Amateur 04
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Me dirigí corriendo hasta el otra ala de la casa donde se encuentra mi
habitación, y traspasé el muro de mi cuarto; al entrar por la enorme puerta me
sentí extraño, sentí que mi mundo había cambiado por completo, mi moral se
tambaleaba desde sus putos cimientos, y la culpa me embargaba todo mi ser: si
tocaba algo, sentía que no era digno de hacerlo; si veía mi imagen en el espejo
de mi tocador, las lágrimas se soltaban como un torrente de fuego que quemaba mi
rostro avergonzado, en fin…nada de lo que hacía me satisfacía y todo me irritaba
en demasía, como a una amargada mujer en menopausia.
Me quedé toda la tarde encerrado y postrado a la cama en mi habitación de
blanquísimas paredes, adornadas y sobrecargadas de fotos tomadas por Francisco y
yo, de nuestros días de juegos, pensando qué me había pasado, por qué había sido
tan infeliz después de haber rosado las estrellas con mi mano y alcanzado la
máxima felicidad en un clímax que parecía inacabable. Por fin, un ruido turbó mi
infantil introspección: era el sonido de mi Francisco llamando a mi puerta, y le
dejé pasar
-¿Estás bien?, ¿Cómo estás?- me preguntó -bien- le contesté aunque por dentro me
sentía desfallecer -¿Qué te pasó?- -no lo sé- le contesté -¿sabes que te amo?,
¿verdad?- me preguntó muy tiernamente, con una voz suave como un suspiro y no
supe qué contestar -te amo- me respondió Francisco a mi silencio, y solo pude
atinar a sonreírle lo más galanamente que pude (apenado, de por si) y le di un
beso en la comisura de sus labios, otorgando con esa respuesta por toda
afirmación positiva que pudiese haber pronunciado en ese momento y él casi como
esperando aquella contestación me respondió con el beso más puro, tierno, húmedo
y dulce que haya recibido en mi vida, borrando de momento todas las culpas y
remordimientos que me atosigaban.
Acto seguido, me rodeó con sus hermosos brazos de culturista físico y me recostó
de nuevo en la enorme cama sobrecargada de suaves franelas y acolchados cojines
y almohadas de los colores más variados sin dejar de besarme; sus gruesos labios
humedecían y mordisqueaban los míos y su lengua exploradora se metía en
los rincones más oscuros de mi boca, jugando con las perlas blancas que adornan
mi cueva, mojándolas como la suave brisa del crepúsculo del desierto y
acariciando a la bestia de cuerpo húmedo que descansa en mi cueva