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Después, él comenzó a besarme por todas partes: la boca, las orejas, la nuez de Adán, la espalda, las nalgas y mi agujero…

Cuando me di vuelta le pedí que chupara los dedos de mis pies y que subiera por mi cuerpo hasta quedarse con la leche que asomaba en mi pija. Fue obediente y lo premié con una nueva penetración, acompasada con castigo en sus nalgas, con golpes suaves con una varilla, que lo llevaba a cerrar su ano aprisionando mi pene enterrado en su recto. Sentí como una boca que mamaba a mi ritmo.

-Ya es tarde y tenemos que volver -dijo Leandro.

Tengo que prender el fuego para el asado de esta noche. Espero que te quedes, aunque no hay hotel, ni residencial en mí pueblo. Hablaré con mis viejos para que te puedas acomodar en mi pieza, como hacen mis primos cuando nos visitan.

La propuesta no era mala y por primera vez, me di cuenta que el tornado nos había dado otras oportunidades en ese pueblito perdido entre campos de soja y trigo. Nos limpiamos cerca del arroyo y enterramos los cuatro profilácticos que habíamos usado para que no anden flotando en el agua o enciendan la curiosidad de otros chicos inocentes. Este lugar era el balneario natural de las familias del pueblo y no pretendíamos que supieran que era un escondite, mejor que el galpón que ahora no tiene techo, para encuentros amorosos. El balneario no es sólo para bañarse, como la cama no es sólo para dormir, sino que lo diga Leandro quien se masajeaba lentamente su culito un poco dolorido.