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Empezaba por mi cara, mi cuello, dando pequeños mordiscos en mi cuello, eso hacía que se me erizara todo el cuerpo.

Siguió bajando y cuando llegó a mis tetillas, empezó a besarlas, a succionarlas logrando que se pusieran erectas; siguió bajando y besaba mi abdomen, mi ombligo, pero no siguió bajando, no tocó mi miembro, bajó hasta mis piernas y besó y lamió mis muslos. Hizo que subiera mis piernas y las abriera y empezó a besar entre mis piernas, pero no tocaba mi sexo, solo alrededor. Empecé a gemir, mi miembro casi explotaba; Don Alberto se dio cuenta y dejó de besarme, me dijo que me pusiera boca abajo, lo hice e inició nuevamente la sesión de besos y caricias, me besaba el cuello, la espalda, los flancos, las nalgas, con sus dos manos abrió mis nalgas e inició a besarme entre ellas. Yo no aguantaba más y se lo dije, entre gemidos y casi gritos:

- Don Alberto, por favor, no sigaahhhhhh, me, me voy a venir, Mmmmmm, ahhhhhh!.

- No mi chiquito, ahora te toca a ti conocer mi cuerpo.

Él se recostó en la cama, boca arriba y yo inicié el mismo ritual. Me gustaba su pecho peludo, mordí sus tetillas, las chupe hasta que le arranqué un gemido de placer. Bajé a su abdomen (tenía un poquito de pancita, pues no hace mucho ejercicio) pero aún así era delicioso besarle el vientre, seguí bajando y no pude dejar de ver su pene. ¡Guauuuuuu! ¡Era enorme!, ¡Grueso!, Yo no estoy mal dotado, pero él me ganaba por mucho. A mi punto de vista, debía medir unos 24 centímetros de largo y unos 6 de ancho. Con venas saltadas por la erección que tenía.